Jueves, 01 Enero 2026
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La suerte de los huérfanos vivos: la vida de los ancianos abandonados por sus hijos

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Por las calles frías y anónimas de la ciudad camina un anciano encorvado por el peso de los años y del olvido. No es huérfano de nacimiento, pero sí de afecto.

Tiene hijos, pero no tiene hogar. Su historia se repite en silencio en plazas, mercados y aceras del país, donde la vejez se convierte en sinónimo de abandono y marginación.

Los hijos, que alguna vez fueron su razón de lucha y sacrificio, hoy son desconocidos. En muchos casos, se transforman en enemigos silenciosos que niegan un techo, un plato de comida o una palabra de consuelo.

Algunos ancianos son expulsados de sus propias casas; otros, simplemente olvidados, como si el paso del tiempo hubiera borrado su derecho a existir.

Este abuelo —como tantos otros— ya no tiene la fuerza para trabajar ni la energía para defenderse. Vive de la caridad ocasional y de la fe. Su única protección es la esperanza de que Dios no lo abandone, porque la sociedad ya lo hizo. No hay políticas públicas suficientes, ni instituciones que garanticen una vejez digna para quienes lo dieron todo por sus familias.

La discriminación hacia los adultos mayores se ha normalizado. Son vistos como una carga, un estorbo o un problema. Pocos recuerdan que esos “viejos hombres” construyeron hogares, criaron hijos y sostuvieron al país con su trabajo silencioso. Hoy, muchos mueren en soledad, sin justicia, sin compañía y sin que nadie responda por ellos.

Sin embargo, pese al abandono, algunos ancianos logran sobreponerse a las heridas de la vida. Viven con dignidad, aferrados a valores que no envejecen: la paciencia, la humildad y la esperanza. Mueren en silencio, sin rencor, aunque el sistema y, en muchos casos, sus propios hijos les hayan dado la espalda.

La pregunta queda abierta y duele: ¿quién protege a los viejos? ¿En qué momento los hijos dejaron de ser fortín para convertirse en verdugos del olvido?

La suerte de los ancianos abandonados no debería ser un destino inevitable, sino una vergüenza colectiva que exija conciencia, acción y humanidad.

Porque una sociedad que abandona a sus ancianos está condenada a olvidar su propia historia.

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Implementado por Marcelo Colpari – BOLIVIA PRENSA